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martes, 3 de septiembre de 2013

3 La Dieta Mágica

Este blog propone un proceso de cambio paulatino. Si es tu primera vez, lee la entrada del 31/8 y luego sigue la cronología. Las entradas correlativas irán dando pistas para conseguir el objetivo que nos proponemos: liberarnos de una vez por todas de la necesidad irracional de comer que nos lleva a tener un cuerpo que no nos proporciona la felicidad que nos merecemos. 

Hola a todos,

Hablábamos una vez con mi hermana de nuestras adicciones; la de ella es fumar, la mía comer. Me dijo que algunas veces, si de repente decidía no fumar, o esperar hasta después de la comida para empezar a hacerlo ese día, o reducir la cuota que quería consumir, bastaba con que se lo propusiese para que inmediatamente le diesen unos deseos irrefrenables de fumar que sólo calmaba encendiendo un cigarrillo.

A mí me pasa lo mismo: la sola idea de ponerme a dieta me causa tal ansiedad que voy y me doy un atracón de lo que sea, dulce, salado o una mezcla de los dos. Es como si mi mente quisiese prepararse por si acaso le llegase a faltar comida en el futuro. Eso se combina con un mensaje: -Qué importa, si total mañana empiezo a hacer dieta.

La dieta es como una temporada en una prisión. Es una peli americana en la que un duro -aunque bueno en el fondo, lo cual nos hace sufrir por su destino-, un Al Pacino, por ejemplo, sale de la cárcel reformado y decidido a seguir por la buena senda. Cruza las puertas de la prisión hacia la libertad, se detiene y enciende el cigarrillo.

En ese momento tenemos el presagio de que el héroe va a fallar, la total seguridad de que la vida lo va a ir arrastrando a las malas compañías y acabará en el crimen nuevamente. Esa caída es inevitable.


El médico


Si hacemos dieta con un médico, el médico se convierte en el carcelero, él es el responsable de que adelgacemos o no. Le cargamos el muerto de nuestros kilos.

-No, tarta no, gracias, que el viernes me toca ir al médico y después me va a echar la bronca.

Los programas de adelgazamiento


Algo parecido sucede con programas como Gordos Anónimos, EnSilueta, Weight Watchers, PierdePeso, Los Vigilantes de Peso…

El domingo por la noche, después de gastarte todos los puntos que te quedaban en un puñadito de morondanga de espaguetis aderezados un "Pssst" de aceite[1] y mucha albahaca y ajo dices:

-No voy a comer más, que el lunes voy a “EnSilueta” y me tengo que pesar.

Algunas de ellos ya no existen. Weight Watchers en España se llama ahora En Tu Línea. La primera vez, cuando era WW International (¡Qué antigüedad, es como decir que uno ha viajado en PanAm!), lo hice sola y perdí unos kilos.
La segunda decidí hacerlo con una amiga. Pensaba que yendo juntas se haría más fácil de soportar, que nos apoyaríamos mutuamente. Y la verdad es que durante un tiempo nos divertimos mucho.
-Yo no he desayunado hoy, después de la sesión nos vamos al bar de enfrente y nos tomamos un café con un cruasán. Después descontamos los puntos el resto del día.
-¿Te has puesto ropa ligera? Dame la chaqueta antes de subirte a la balanza.
-Venga, vamos al baño antes de pesarnos, que el líquido también suma gramos.
Una vez nos dio un ataque de risa porque Sue me dijo con toda seriedad cuando yo estaba subida a la balanza:
-Take off your glasses. That is also added weight. 
Nos quitábamos desde el foulard de seda con que se intenta disimular la barriga hasta los pendientes.
No duré ni dos meses. Al poco tiempo encontré una excusa para dejar de ir. Sue siguió con el programa y perdió mucho peso, pero ya lo ha vuelto a encontrar.


Las clínicas de adelgazamiento


Hay clínicas especializadas en el tema. Allí es más fácil, está todo controlado. Aunque a veces no tanto.  Recuerdo a un amigo que a los cuarenta años estaba tan gordo que se internó y luego sobornaba a los empleados para que le comprasen comida fuera, como si se tratase de cocaína o hachís. Era millonario. 


Las dietas de moda


Todos los años surge una dieta nueva, como la canción del verano. ¡Hasta hay una a la que han querido camuflar con el nombre de "La antidieta", como si con ello pudiesen engañar a nuestra mente! Están también la de Atkins, Dukan, Montignac, Herbalife… ¿Queréis que siga? No es necesario, basta con guglear “dieta” y sale la lista completa. Las he probado todas. 


Ojo, no estoy diciendo que no sean buenas, que no se adelgace con ellas. Todas me han ayudado a perder peso momentáneamente. Momentáneamente. A la larga o a la corta lo he vuelto a encontrar.
El comediante americano W.C. Fields atribuía a Mark Twain la siguiente frase: “Dejar de fumar es muy fácil, yo lo he hecho cientos de veces”. También perder peso es bastante fácil, lo difícil es no volver a ganarlo.

Recuerdo unas pastillas fantásticas. Una mañana, con el desayuno de una tostada seca de pan negro y té amargo, las tomé y para reforzarlas les agregué píldoras de otra dieta, combinando las dos.
De repente, sentí un calor terrible en la cara. Me ahogaba.  
-Mamá, ¿qué te pasa?  Te estás poniendo colorada.
Suerte que en aquella época estaba haciendo un curso de Reiki. Me eché en la cama boca arriba y me puse las manos sobre la cara, respirando profundamente para vencer la sensación de pánico que me había causado esa reacción química. Poco a poco sentí que el calor desaparecía. Por poco estiro la pata.


Una camisa de fuerza


Pero sean pastillas, médico, régimen de comida o asociaciones bien intencionadas, para el inconsciente la dieta es siempre un período de tiempo de represión del que va a escapar tarde o temprano. Sabe con la misma certeza que tenemos al ver al ex-presidiario frente a la puerta de la cárcel que se cierra a sus espaldas, que cuando acabe la dieta y se abran las puertas de esa prisión momentánea que nos hemos impuesto, nos vamos a sentir libres de comer lo que queramos, cuando queramos y en la cantidad que queramos.

A veces ni a eso se llega. Pasé mucho tiempo haciendo dieta de día para boicotearla durante la noche. Una vez, durante unas vacaciones en Argentina, casi me desmayo de un golpe en la cabeza una noche en la que en la oscuridad, para que nadie se enterase, fui a la cocina y me di un cocazo con mi prima Fifi, que estaba buscando los mismos alfajores de dulce de leche bañados en chocolate que yo. En ese momento no dijimos nada porque las dos estábamos medio dormidas, pero cuando los demás se dieron cuenta de que el número de alfajores se había reducido, bromeamos sobre nuestra excursión nocturna a la cocina.
Pero no eran bromas sanas, eran tristes, llenas de ironía y sarcasmo, porque en el fondo sabíamos que hablábamos de batallas perdidas.


Tiene que haber otro sistema


Pero, ¿qué estaba pasando? ¿Por qué llevo haciendo dieta intermitentemente durante más de cuarenta y cinco años (que se dice poco) y he obtenido los resultados que ya conocéis? ¿Por qué siempre ha tenido que ser batallando contra ese impulso, luchando contra los mensajes del inconsciente?

¿Por qué cuando hacía régimen iba a la cocina en un estado casi sonámbulo y era capaz de zamparme dos bananas, tres galletas de chocolate y un vasote de leche sin siquiera disfrutar, mecánicamente, antes de despertarme totalmente y sentir deseos de meterme el dedo hasta la garganta y vomitar, cosa que nunca he sido capaz de hacer?
¿Qué mensaje es el que te lleva a comerte una fuente de fideos fríos, aunque sean un asco?





















Decidí que quería ir a la raíz del tema, a cambiar ese impulso por otro que me llevase a decir: 

No, gracias, no tengo hambre 

sin sentir que le estaba haciéndole una llave Nelson de lucha libre al deseo de seguir comiendo.

Pues lo he descubierto. Lo he descubierto, sí señores. Y lo voy a compartir con vosotros en breve.

¿Necesitáis pruebas? Ayer rechacé un trozo de pizza cuando todavía quedaban casi dos pizzas sin comer. Hoy he sido capaz de seguir jugando a “Los conquistadores de Catán” con el último trozo de la barra de chocolate con almendras que había a mi lado y no me sudaban las manos ni se me caía la baba por la comisura de la boca.
Por cierto, el chocolate se lo acabó mi yerno.

Ah, si no has elegido tus dos necesidades básicas, vete a la entrada del día 2 de septiembre, mañana seguimos con esa información.
  



[1] El atomizador de aceite se puede comprar por una módica suma. en la misma sesión en la que te vas a pesar 

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