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miércoles, 11 de septiembre de 2013

7 ¡Viva la rabia!


Este blog propone un proceso de cambio paulatino. Si es tu primera vez, lee la entrada del 31/8 y luego sigue la cronología. Las entradas correlativas irán dando pistas para conseguir el objetivo que nos proponemos: liberarnos de una vez por todas de la necesidad irracional de comer que nos lleva a tener un cuerpo que no nos proporciona la felicidad que nos merecemos. 

Ese no soy yo


“¿Qué dice esta mujer? ¡Eso no tiene nada que ver conmigo! ¡Ese no soy yo! Yo soy una persona activa, siempre ocupada, jamás estoy “plof” como dice Mary”, te dices, yendo de aquí para allá por casa haciendo cosas, en constante movimiento. Y cada vez que pasas por la cocina te metes algo en la boca. Generalmente es comida que viene por unidades. ¡Qué peligro son las aceitunas, las papas fritas, las almendras, las uvas, las pipas, los bombones! Quien sea capaz de comer solamente dos y parar, que levante la mano.
Recuerdo una vez que estábamos en un grupo y un amig@, que todos sabíamos que pasaba un momento difícil en su vida, comía cacahuetes.
-¿Qué tal, cómo va todo?
-Bieeeen –los cacahuetes volaban del bowl a su boca-. Bieeen –y los cacahuetes iban a velocidad de metralleta: ¡Rat tat tat tat tat!
Estaba clarísimo que no estaba bien en absoluto y con la comida conseguía tranquilizarse.

No todos nos atornillamos delante de la tele. Según sea el día o el momento, caemos en una u otra modalidad. Pero eso es lo de menos ahora, lo importante es que recurrir a la comida (a la bebida, el cigarrillo u otras substancias) no es nada más que la forma de aletargar la emoción negativa que queremos evitar a toda costa.

La tentación


En nuestro caso, esa emoción negativa que desaparece momentáneamente con un atracón, o mantenemos a raya masticando todo el tiempo, no se va, se adormece. Como la cobra en su cestita con tapa, aunque no la vemos, sabemos que sigue allí.  Cuando estamos a dieta, levanta la cabeza por la noche lista para atacar porque durante el sueño tenemos la guardia baja. Es la que nos impulsa a hacer trampas cuando contamos las calorías, a poner raciones un poco más grandes que las estipuladas en el papel pegado con un imán a la nevera, a "pecar" el lunes porque hasta el viernes no hay que ir al médico/la clínica/ la reunión de los Rechonchos Arrepentidos/ el hipnotizador/ el chino acupuntor que nos mira con ojillos oblicuos y acusadores cuando no hemos bajado ni un gramo.

Si las circunstancias son satisfactorias, la tapa de la cestita permanece cerrada. Pero si las condiciones cambian para peor, la emoción negativa se despierta y ataca, nos hace recurrir a la comida u otras substancias para volverla a adormecer y sentir que somos nosotros quienes llevamos el control. Inevitablemente llega la culpa por haberse excedido y nos da rabia haber permitido que nos venciese, que tuviésemos que recurrir a la comida en esa batalla constante con la tentación. 


La energía de tomar las riendas


Pero nosotros no estamos constantemente dominados por esa cobra de la cestita. Hacemos cosas. Actuamos, cambiamos mucho de lo que nos molesta en nuestra vida. Hemos sido capaces de romper una relación que nos hacía daño, cantarle las cuarenta al imbécil del jefe y despedirnos del trabajo porque no nos sentíamos reconocidos, enfrentarnos al casero que pretendía cobrarnos el arreglo de la cañería que pertenece a la comunidad, lograr que el tarado que iba hablando por el móvil y nos abolló el paragolpe se bajase del coche y firmase los papeles para que el seguro nos pagase el arreglo, aunque fuese impulsado a gritos e insultos.

Fuerza para el cambio


Ahí hay fuerza, aunque en algún caso fuese en exceso o maleducada, pero hay una energía que nos puede servir para hacer el cambio.

Realizar un cambio permanente, no adormecer la cobra de forma momentánea para luego sentir culpa, vergüenza y la auto-estima por los suelos porque estamos a merced de nuestra mente.

Hacer el cambio para siempre, de una vez por todas y sentirnos felices con nuestro cuerpo, orgullosos de llevar las riendas de nuestra vida, capaces de emprender otras acciones importantes, otros cambios que nos llenarán de alegría.

Piensa en esas situaciones en que has reaccionado ante una injusticia, logrado lo que te merecías, defendido tu espacio, puesto las cosas en su sitio, tomado cartas en un asunto.

¿Qué emoción te impulsó a ello?

¿Qué emoción es la que te lleva a la acción cuando quieres cambiar algo con lo que no estás contento en tu vida?

¿Es la rabia?
¿La determinación?
¿La cólera? 
¿La ira?
¿Qué sientes en tu cuerpo? ¿Cómo lo sientes? ¿Qué te dices?
¿Qué te impulsa a decir:




Toma papel y lápiz y dale el nombre que quieras. 
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