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lunes, 24 de marzo de 2014

19 Los revolcones de la vida

Si es la primera vez que entras, vete al primer día y sigue desde allí, que la cronología de las entradas es importante.

¡Hola amigos! Imaginaréis que por algún motivo os había dejado en la estacada. Pero la vida es así, a veces hay que vivir primero, para luego poder reflexionar sobre ello, y eso es lo que me ha pasado estos meses. Dicen los expertos, desde físicos hasta esotéricos, que el tiempo se está acelerando y, ¡vaya si lo está haciendo!

En estos meses los acontecimientos han ido encadenando tan ajustadamente que recién ahora puedo pararme y mirar un poco atrás. Ha sido como cuando estás dándote un baño en un mar en el Atlántico sur, con una buena rompiente. Estás de pie, con el agua hasta las axilas y ves venir una ola que parece grande pero imaginas que podrás sortear por debajo, como tantas otras, zambulléndote y dejando que te pase por arriba para sentirla romper con estruendo tras tu espalda. Pero algo pasa, calculas mal, la ola de repente te levanta y te tira con toda su fuerza contra el fondo. Pierdes la orientación, el sacudón te deja sin aliento, el agua te hace dar vueltas y vueltas. Hay un instante de pánico, sientes que te ahogas, que no puedes salir de aquello. Pero en el último instante, cuando  crees que los pulmones te explotan, logras salir a tomar una bocanada de aire, que te quema la garganta como si hubieses tomado un trago da amoníaco puro. Estás aturdido, no te das cuenta de que has salido del agua al revés, mirando hacia la playa. Te das la vuelta y, ¿qué ves? ¡Otra ola que se acerca, enorme, maravillosa, que te levanta por el aire y te tira hacia el fondo con mayor fuerza todavía! 
Es como si el mar y tú hubiesen perdido el ritmo, como si estuvieseis desacompasados. Lleva su tiempo volver a encontrar la forma de fluir con las olas, saber cuál es la que hay que pasar por abajo y cual es la que hay que montar y dejar que te lleve hacia la playa. Uno sale del mar con la piel enrojecida, el cuerpo descalabrado, las manos y los pies llenos de raspones de la arena del fondo y la carne de gallina porque el aire al salir está fresco. Pero no tienes frío, no tienes miedo, estás feliz por el revolcón. Y después de estar uno rato con los amigos y la familia, al abrigo del viento frío, la piel enrojecida por el sol abrasador, vuelves a entrar al agua, a sortear las olas. Sabes que siempre tienes el riesgo de aquella que te revuelque, como le pasó a un amigo: recibió tal golpe en la nuca que la dentadura postiza salió disparada y se perdió entre la espuma. Cubriéndose la boca, salió del agua y le dijo a su mujer: "¡Vamos, Silvia, nos volvemos a Buenos Aires!" Desconcertada, ella lo miró a los ojos y viendo la desesperación en ellos lo siguió sin comentarios.
El mar a veces te deja hasta sin dientes de los golpes que te da, pero cuando logras salir y tomar un poco de perspectiva, recargarte con los amigos, con la familia, con el sol, con el sandwichito de milanesa y mayonesa, te vuelves a meter al agua, a disfrutar de la rompiente, a que te levante la ola, te sacuda, te revuelque, te estrelle contra el fondo y quedes tan aturdido que no sepas dónde vas a salir. Como la vida. 

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