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lunes, 9 de junio de 2014

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Antes las bibliotecas nos delataban. Las de los eternos luchadores contra los kilos contenían libros como: Cómo perder peso antes del verano, Fit for Life, La dieta Montignac, la dieta Atkins, la dieta Scarsdale… Los interesados en esoterismo tenían El tarot de Marsella, La cábala, Numerología para principiantes a la vista de quien se acercase a sus estantes. Pero había quienes le arrancaban la cubierta a las novelas de amor, para que nadie se enterase de que las leían. O forraban las porno por el mismo motivo. Un día, por casualidad, me enteré de que a un novio mío le preocupaba su calvicie porque encontré en su biblioteca: La alopecia tiene cura, Cómo prevenir la caída del pelo y Evite  la calvicie.

Pero ahora todo es más discreto. En la biblioteca podemos poner las novelas, la historia, las poesías, los cuentos cortos, las biografías, los mapas y los elegantes libros de fotografía, y reservar para los aparatos electrónicos lo más privado, lo más íntimo. Cuando vas en el metro y ves a la gente absorta en sus e-books, ¿qué lee? Aquella chica rolliza de escote generoso que disimula la tripa con unos frunces bajo el busto, ¿una novela rosa o Convierta su grasa abdominal en músculo en sólo dos semanas? Y el cuarentón al que se le va notando rala la coronilla, ¿aventuras, ciencia ficción, fantasía o el PDF que se bajó de Internet sobre Cómo disimular la calvicie masculina?  
En la Red y, por ende en el ordenador de mesa, el portátil, el tablet, el teléfono, el e-book y cualquier otro artilugio electrónico que se estén inventando y que aparecerá en cualquier momento encontramos todos los temas que queramos sin necesidad de que nadie se entere de qué leemos. Los podemos ver on-line o descargárnoslos gratis o previo pago de alguna cantidad. Y los hay de lo más variopintos. En YouTube se puede ver desde cómo hacer mechas californianas hasta pintura sobre seda. Hay lecciones o tutorials de decoración de tartas de boda y punto peruano para hacer una mantita de bebé. Lo sé porque las he probado todas y bien útiles que me han resultado, particularmente la del punto, porque es mucho más fácil sentarse frente al ordenador con un ovillo de lana y un par de agujas e ir siguiendo los dedos y la dulce voz de la señora peruana que intentar descifrar la intrincada codificación de una revista de ropita para bebé: 1d, 2r, 1L,… Hay que hacer un curso primero de cómo leer la nomenclatura. 
Otras veces, como a todo el mundo, las lecciones de Internet me hacen perder el tiempo lamentablemente. Pero esto no es algo nuevo para mí. Antes era la Enciclopedia Británica. Tras una hora leyendo sobre unas cosas y otras, de repente me preguntaba: ¿A qué habré venido yo aquí? Y tenía que volver a la máquina de escribir a releer el texto para orientar mi búsqueda nuevamente.
Hace un tiempo, haciendo la traducción de una de las novelas de Gossip Girl, me encontré la palabra combover. Como en aquel momento tenía el dial mental puesto en: ESPAÑOL en vez de: INGLÉS (enigmas de la cabeza traductora) la acentué, equivocadamente, combovér, lo cual me despistó e impidió adivinar el sentido de aquella palabra desconocida: combover.
No aparecía en los diccionarios que consulto cuando estoy trabajando, así que decidía googlearla, algo que recomiendo, ya que si la palabra aparece utilizada en algún contexto, o a veces, como resultaría en esta ocasión, ilustrada con fotografías, se puede adivinar el significado que se escapaba hasta aquel momento entre las circunvoluciones del cerebro, dejándonos de vez en cuando verle la espalda, para luego desaparecer tras una nueva curva de materia gris.
Al ver las excelentes fotografías que expresaban sin lugar a dudas el significado del término: comb: peinar  over: por encima, ya que alguien había ilustrado con 18 fotografías cómo realizar este trabajo de cubrir la calva con unas largas hebras de pelo que se dejan crecer de un lado de la cabeza, o a veces de los dos, volví a maravillarme ante el ingenio del ser humano, que en este caso tenía un triple origen: el nombre, las fotografías y el arte en sí.
En primer lugar el nombre, por la habilidad de la lengua inglesa para inventar palabras que luego nosotros, los de habla castellana, necesitamos darle la vuelta para acabar con una larguísima explicación o alguna descripción que más o menos reemplace la concisa perfección de un phrasal verb y su nominalización. Segundo, las fotografías; si hay algo que me sorprende en Internet es que la gente tenga tiempo para hacer esos montajes, a veces con presentaciones en Power Point y musiquita añadida. ¿Para su propio placer o para distraer a la gente de su aburrido trabajo de despacho, llenar los buzones de correo electrónico de megas y megas de tonterías y/o lograr que los traductores nos desviemos por una tangente? Al menos eso nos lleva a nosotros a escribir lo que en este momento estás leyendo, que no tendrá musiquita ni irá en Power Point, pero te distrae de tu trabajo de igual manera.
Y, finalmente, la complejidad de la elaboración de un combovér. La película “La gran estafa americana” comienza con un combovér hecho por un Christian Bale gordo, hortera y casi tan desagradable como Torrente, que podría servir de tutorial para un inexperto. Es tal su perfección, que incluye cardado, guata de relleno y pegamento para maquillaje, además de un toque final de laca y la habilidad del personaje setentero. La importancia que el peinado tiene para éste se ve reforzada aún más en la escena en que el kinky Bradley Cooper intenta iniciar una pelea y lo provoca despeinándolo.    
Al igual que los fuegos de artificio crean espacios insospechados en un cielo que parece negro y plano, el combovér sigue demarcando un territorio, como si aquellas hebras de cabello extra largas tuviesen  que seguir delimitando hasta su último aliento su terreno para, finalmente, hartas de su soledad, expiar, aferrándose al peine para caer al lavabo y escurrirse por el sumidero, ahogando las últimas esperanzas de cubrir una calva que pugna por asomarse y que todos vemos rotunda y brillante. Excepto su dueño, por supuesto.

Seguro que en la retina del esforzado artista todavía ondea al viento el cabello que alguna vez coronó ese cráneo que ahora intenta cubrir; la matriz original, etérea, que si tuviésemos otro nivel de conciencia, lograríamos rellenar todos los días con una melena real, sana y brillante. Y no necesitaríamos de un combovér.
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